miércoles, 20 de agosto de 2014

La etiqueta pesa como camiseta

Sí, nos hemos contagiado de "mundialitis do nacimiento caipirinha". Así hayan pasado varias semanas desde la clausura del evento, a estas alturas era casi inevitable. Acontecimiento que atrajo miradas y donde la camiseta de una selección pesó mucho en cuanto a la expectativa del partido e incluso en los pronósticos del marcador final. Y justo eso sucede con las cervezas.

No, no existen marcadores, tampoco tienen un director técnico que festeja como loco cada vez que se destapa una botella. Pero, hay que ser sinceros, muchas veces nuestra esperanza y opinión final sobre una cerveza se ve fuertemente influida por la cervecería que la produce. Es ese logo o nombre que aparece en la etiqueta el que nos condiciona desde un inicio lo maravillosa o lo detestable que es la bebida.

Recientemente, leía del efecto que tiene la vista en nuestros paladares. Del como un simple vaso de leche, con un par de gotas de colorante verde, hacía que nuestro cerebro se confundiera y comenzara desde un principio a repudiar el sabor del liquido. O incluso, como una etiqueta elegante en una botella de vino, podía hacer que un vino común y corriente nos supiera a uno de cientos de dolares y cientos de años de añejamiento.

Quizá no suceda lo mismo en una cerveza, las etiquetas elegantes salen sobrando y los nombres rimbombantes se vuelven imperceptibles. Pero palabras como Mikkeler, Stone, BrewDog, Russian River, Dogfish, Alpine, AleSmith, Ballast Point y de Molen generan el mismo efecto que aquella etiqueta con  un Château Mont-Redon en envidiable tipografía. En lo personal me sucede muy seguido, ver en el aparador una cerveza nueva de esa compañía emblema genera en mí una necesidad de probarla, pero principalmente, un comentario de aceptación aunque ni siquiera haya comprado la botella.

La gastronomía se trata principalmente de experiencias, de primeros encuentros en donde el resultado es blanco o negro. Donde la memoria se ve involucrada en nuestras decisiones y nos llena la cabeza de recuerdos creados a partir de ese sorbo o aquel bocado. Pintando un paisaje lleno de expectativas, buenas intenciones e ilusiones. "Haz fama y échate a dormir" dirían algunos. Aunque en este caso las cervecerías no tienen la culpa; quizá cada una de ellas ha ido ofreciendo productos que ponen nuestras expectativas a 30 mil pies de altura pero, como todo en la vida, esto no será siempre así.

Los consumidores, deberíamos de activar nuestra visión objetiva cada vez que probamos una cerveza. Eliminar cualquier recuerdo de otras botellas de la misma cervecería y obligar a nuestras papilas gustativas a que sean ellas las que "califiquen" el producto y no nuestra enredada y nostálgica memoria. Pero si esto es imposible para ti, organizar una cata a ciegas podría funcionar.

Comprar la nueva cerveza que ha originado ese brillo en tus ojos, y servirla junto a un par más de diferentes cervezas del mismo estilo o que puedan acercarse a este, sin saber cual es cual (obviamente). Una venda o uno de esos antifaces para dormir, facilitaría el toque de misterio necesario para beber de manera objetiva.

Piénsalo dos veces antes de dar alguna "calificación" y verifica que esas memorias no sean las que enaltezcan o humillen aquella nueva cerveza.

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